Ríos de olvido

Lluvia.
Gotas de lluvia que caen con dureza. Grandes gotas que golpean árboles, hojas, animales, todo.
No parece haber piedad para ningún ser vivo o inanimado. Todos son impactados con igual fuerza.
No es la gota que taladra la piedra, lenta, paciente, implacable a través de eones. No. Es un gran conjunto de gotas que golpean la tierra y alimentan el riachuelo que corría tranquilo, y ahora ruge caudaloso, fortalecido por miles de nuevas gotas que magnifican su caudal.

Ese mismo arroyo que días antes, en su mansedumbre, era vivificador para la tierra, ahora, en su descontrolada grandeza se torna destructivo y arrastra a su paso cuanto tiene la mala fortuna de cruzarse con él, de toparlo para desaparecer en sus entrañas.
Un monstruo de apetito insaciable que devora hombres y naturaleza sin importarle si son ricos o pobres, altos o bajos, blancos o negros… la muerte no hace distinciones, es universal.
El pequeño pueblo costero se encuentra ahora destrozado, parcialmente cubierto de aguas turbias, lodo, arena, ramas arrancadas de tajo o algunos objetos que de seguro habrían ocupado un lugar en alguna casa hecha pedazos para este momento.

Gente, la poca gente que aún sobrevive, camina con la mirada perdida, como buscando algo sin saber exactamente qué. Una mezcla de lágrimas y tristeza nublan las miradas. Casas perdidas, animales perdidos, cosechas perdidas, personas perdidas, vidas perdidas, carnaval de muerte. Albino, un indígena de piel morena, gruesos brazos y rasgos firmes recorre las calles convertidas en arroyuelos lodosos. Sus pies calzados con toscos huaraches se hunden a cada paso, haciendo aún más difícil el caminar en medio de la tragedia. Mirando a cualquier lado la imagen es igualmente desgarradora: muros caídos, ropas raídas, hechas girones, algún zapato huérfano, el olor a putrefacción que viene de un lugar desconocido, tal vez de todos lados, tal vez del alma.



¿Cómo pasó todo esto? se pregunta. ¿Cómo en un pueblito perdido en la mitad de la costa caliente donde no pasa nunca nada, ni siquiera el tiempo; que parece tan adormilado por el calor como cualquier anciano en su hamaca?

¿Castigo de Dios? Si, tal vez eso debe ser. Antonio, con sus puntadas de borrachera diaria debe haber blasfemado y la ira de Dios, como dice el cura, nos debe haber golpeado. O Martina, que vende sus caricias por las noches, cerquita de la casa verde a la salida del pueblo, donde tiene su cuarto que llena de vez en cuando con algún parroquiano trasnochado o un borracho en busca de placer. Si, tal vez fue por ella. O por Doña Justina, que va cada domingo a misa sólo para hacer correr los chismes más recientes de cuanto cristiano se le ocurre y luego hace tertulia en el parque con las viejas amargadas como ella. Se pasan la tarde comiendo gente sin ningún comedimiento, viendo pasar a las parejitas, observando las miradas brillantes de los muchachos al caminar de las solteras, espiando a un grupito por allá bebiendo “fuerte” a escondidas de la autoridad o aquellos “pecadores” que le “queman las patitas al diablo”.

Sabrá Dios por qué. Lo cierto es que nos cayó la tormenta, el huracán, y como en el diluvio de la Biblia nos llenó de agua, tapó nuestras casas, mató nuestros animales, se llevó nuestra vida.

Y ahora, a esperar la muerte. Sin casa, sin comida, sin agua, sin cosecha. Lo único que nos queda es esperar que la huesuda venga por nosotros. Que se acabe de llevar lo poco que dejó el agua.

Y ya qué más da. Lo único que me queda por perder es la vida y esa ni siquiera es mía. Ya está empeñada no sé si con Dios o con el diablo, pero ya no es mía. Siento tanta tristeza que ya no sé si son gotas de lluvia o lágrimas que me caen por la cara. Y que importa, sin son lágrimas, son lágrimas de hombre queriendo sacar del corazón toda el agua que se me metió en los pulmones. Me aviento un trago de mi anforita y siento un calorcito que me baja por el cogote. Es lo único que ha valido la pena en estos días, tal vez, simplemente, es lo único que ha valido la pena en mi vida.



Quisiera olvidar todo esto y no puedo. Pero si siempre hemos vivido olvidados, olvidados del mundo, olvidados de Dios, ¿por qué no olvidar un poquito también yo? Si ya nos tragó el río, qué más da que nos trague el olvido…

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