El Fastuoso Iztaccíhuatl

Al referirnos a las grandes montañas que en época prehispánica fueron adoradas tenemos que forzosamente referirnos a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. En sí, todos los cerros incluyendo las grandes elevaciones nevadas fueron objeto de culto por parte de las culturas mesoamericanas y un importante catalizador cosmogónico dentro de la tradición cultural. Sabemos que el mito fue siempre el medio en que los mesoamericanos intentaron explicarse el origen del mundo, su entorno y aún de ellos mismos, es por esto que la construcción mitológica es tan amplia y documentada.

Las leyendas son también un importante medio de comunicación de la oralidad de estos pueblos, son construcciones de carácter mítico que le intentan dar sentido al mundo mediante la fabricación de redes mentales que persisten en el imaginario social. Recordemos que desde tiempos ancestrales los volcanes son provistos de cierta divinidad y su terreno es dotado de sacralidad porque ahí vive el corazón de la montaña “tepeyolotl” y también son percibidos como puntos de conexión divina con los planos celestes de la composición tripartita del cosmos mesoamericano y fungían también como puntos naturales para la observación del devenir de los astros. En palabras del Dr. Arturo Ismael Montero García “…los volcanes son dotados de sexo, mientras que los volcanes cónicos se perciben con carácter masculino, los volcanes extendidos se conciben con carácter femenino”; esto puede cambiar según la perspectiva del observador y provoca que los volcanes y montañas no tengan un “sexo” fijo.

Según algunas crónicas del siglo XVI, Diego de Ordaz o en otro caso Francisco Montaño ascendieron al volcán poco antes de la caída de la ciudad de México-Tenochtitlán, Hernán Cortés nos deja las siguientes líneas dentro de su Primera Carta de Relación afirmando que ciertos españoles subieron al volcán para documentar e informar “dónde se formaba el humo”

“… y envié diez de mis compañeros (no menciona los nombres)… y con algunos naturales de la tierra que los guiasen, y les encomendé mucho procurasen de subir la dicha sierra y saber el secreto de aquel humo, de dónde y cómo salía. Los cuales fueron y trabajaron lo que fue posible para la subir, y jamás pudieron, a causa de la mucha nieve que en la sierra hay y de muchos torbellinos que de la ceniza que de allí sale andan por la sierra, y también porque no pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía, pero llegaron muy cerca de lo alto, y tanto que estando arriba comenzó a salir aquel humo, y dicen que salía con tanto ímpetu y ruido que parecía que toda la sierra se caía abajo, y así se bajaron y trajeron mucha nieve y carámbanos”.

Dentro de estas percepciones sobre los volcanes o montañas tenemos también la idea de que estos funcionaban como una gran bodega basando esta idea en uno de los mitos formadores para las sociedades nahuas, el “Tonacatépetl” o cerro de los mantenimientos que estaba asentado en el inframundo y que contenía los granos de maíz de diferentes colores, la chía, el frijol, el chile, la calabaza y todos los que habrían de ser el alimento del hombre para el Quinto Sol recién creado.

Desde tiempos antiguos, el volcán ha sido un lugar misterioso y que solamente recibe en su seno a las personas con el valor necesario de sortear todas las complicaciones que los grandes colosos humeantes les reservan. Reto tras reto las montañas van presentando su mágico rostro de exuberante belleza para los amantes de la aventura y adrenalina.

Templos Prehispánicos en El Volcán

En sus cumbres o partes más altas, es común encontrar sitios de culto y adoración que fueron edificados en tiempos prehispánicos con la idea de sacralizar los lugares donde ciertos Dioses tenían un efecto mayor y por ejemplo generalmente encontramos restos de templos y edificios consagrados a dos de las deidades que conviven en la montaña alta mesoamericana: Tláloc que cuenta con varios adoratorios en el volcán Iztaccíhuatl y otros cerros de la Cuenca de México y Ehécatl que tiene su templo más importante en la cima de la Sierra de San Miguel. Los caballos de los conquistadores españoles detuvieron repentinamente su galope. Situados justo al pie de los volcanes -en el punto que actualmente conocemos con el nombre de "Paso de Cortés-, el capitán extremeño esbozó una mailiciosa sonrisa, descendió de su corcel y, sin ocultar su asombro, contempló el anchuroso valle que se extendía a lo lejos, dejando entrever numerosos templos y palacios "de cal y canto", los cuales parecían emerger de entre las aguas cual mágica visión extraída de uno d elos libros de caballería más populares de aquel tiempo. Ávido de poder, fama y riquezas, Hernán Cortés sabía que la historia de la Conquista de México apenas estaba por comenzar...



En su deseo por dominar la Ciudad de México, Tenochtitlan, en 1520 ataca desde un punto que hoy lleva el nombre de Paso de Cortés. A 3600m de altura este paraje boscoso se encuentra entre las faldas de los volcanesPopocatéptl (5500) y del Iztaccíhuatl (5220m). Los españoles entraron la Cuenca de México por esta zona y entre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatepetl. A esta zona por la que pasaron los españoles se le conoce como Paso de Cortés. Antes de 1530, Hernán Cortés, otros encomenderos y funcionarios de la ciudad ya cosechaban aquí trigo y desarrollaron la cría de ovejas y mulas. Esas cosechas convirtieron a esta región en su actividad principal. Hernán Cortés, en su marcha hacia México-Tenochtitlan, el ejército de Cortés (unos trescientos españoles) y el apoyo de unos 3.000 tlaxcaltecas avistó los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. Y uno de los capitanes de Cortés, llamado Diego de Ordás fue el primer europeo en ascender a la cima del volcánPopocatépetl en compañía de dos compañeros de armas, causando una gran impresión entre los nativos que acompañaban la expedición de Cortés. Por tal hazaña y méritos militares, el emperador Carlos V le otorgó a Diego de Ordás mediante decreto expedido el 22 de octubre de 1523, el derecho de poseer un escudo de armas con una vista del volcán.

Los Graniceros

Los llamados graniceros son personas dotadas de ciertas características adquiridas a través de años de convivencia con los volcanes o cerros, también muchas veces y por variantes regionales son llamados “tiemperos” y se dice que estar personas tienen las facultades de manejar ciertos cambios climáticos que se generan en las sierras altas del Centro de México y así poder actuar para generar bondades en las cosechas de los pueblos asentados a sus faldas.

Lo que tenemos es una persistencia al tiempo dentro de la cosmovisión de sociedades pretéritas de estos personajes y su adecuación a las nuevas corrientes ideológicas de los pueblos indígenas de México que se fueron gestando a partir de la instauración de la heráldica. Estas personas son las encargadas de comunicar a las poblaciones las “necesidades” que adquieren los volcanes o montañas, así, ellos son también el vehículo terrenal por el cuál las ofrendas viajan a otro plano, un plano divino y que sólo ellos pueden transitar.

Ellos son elegidos por los volcanes mismos y se dice que todo granicero antes de adquirir sus facultades fue golpeado por un rayo en campo abierto en lo alto de un volcán, así, es elegido para poder convertirse en ese medio de contacto entre el plano profano y el plano divino. Desde tiempos prehispánicos, el poder controlar o vaticinar fenómenos atmosféricos fue de gran preocupación.

Estas personas logran en el imaginario controlar lluvias, nevadas, el granizo, la nieve y las sequías, es por eso que “sólo ellos conocen los deseos de los volcanes, y cómo apaciguarlos”

Existen muchas leyendas alrededor de estos personajes que encumbran en los majestuosos volcanes para dejar la ofrenda pertinente en el lugar requerido pero quizás la leyenda más famosa sea la de Don Goyo, guardián del Popocatépetl y que se dice es un poderoso granicero que camina en la comunidad de Santiago Xalitzintla Puebla y que sabe y conoce los deseos del gigante que humea. La comunidad afirma que se le ve caminando para cruzar palabras con las personas afirmando qué es lo que quiere y qué es lo que no quiere el volcán, luego, entre luces y sombras desaparece enfilándose rumbo a la montaña.

Laguna de Nahualac

La zona Nahualac, ubicada en la ladera oeste del Iztaccíhuatl a 3820 msnm, es un Cerro o monte de poca altura en un terreno llano, posible morrena de alguna vieja glaciación, que mira directamente al pecho del Iztaccíhuatl. Nahualac está documentado desde el siglo XIX, en los trabajos del francés Desire Charnay. Aquí se localizaron dos sitios arqueológicos pre-hispánicos: una zona de ofrendas y otro más en el estanque. José Luis Lorenzo, quien visitó el lugar en 1957, describe detalladamente el sitio y asocia su temporalidad al periodo Tolteca (900-1350 d. C.).

Los hallazgos recientes allí efectuados nos han mostrado una zona de ofrendas en la que casi todos los objetos fueron “matados” antes de depositarlos. No hay huesos de ningún tipo y parece que las ofrendas están contenidas en una especie de enterramiento, que consta en cuatro losas laterales y una quinta que hace de cubierta, todas hechas de lajas. En ésta zona de ofrendas se encontraron casi ochocientos fragmentos de vasijas de cerámica antropomórfas con la efigie de Tlalóc en muy buen estado, unas cuantas joyas sin piedras preciosas, y restos de obsidiana. Algunas de esas piezas actualmente se encuentran en el Museo del Hombre en París (Desire Charnay 1973).

El material extraído por Charnay fue analizado por Noguera y Ekholm en 1923, se introduce entonces el concepto de cerámica de los volcanes, la cual se caracteriza por la presencia de vasos antropomorfos negros con la representación de Tláloc, además de la cerámica tipo cloisonné que Noguera asocia con Teotihuacan y Chalchihuites. Pero posteriores excavaciones en la cuenca de México cuestionaron esa interpretación presentándola como incorrecta (Iwaniszewski, 1986). Actualmente se considera que una buena parte de esa colección corresponde a la tradición Mazapa (1000-1150 d.C.).

De las excavaciones realizadas 1986, se ha obtenido la más rica colección cerámica de la alta montaña mexicana en tiempos modernos. Entre los objetos destaca una vasija zoomorfa de color negro bruñido con la efigie de un tlacuache Didelphis marsupialis, también se obtuvieron pequeñas ollas y vasijas trípodes de borde divergente y soportes mamiformes huecos con cascabel al interior; asimismo se liberó un plato de superficie bruñida en color crema aplicada después de la cocción y con decoración pintada en una franja roja al borde y al interior con dibujos en forma de “S” invertida o xonecuilli, que nos hace recordar los motivos decorativos de los tlamanalli u ofrendas hechas a los dioses de las montañas según se aprecia en el Códice Magliabenchi XIII, motivo igualmente similar a la decoración policroma de Chalco contemporánea al Azteca I, Azteca III de Culhuacan y la cerámica de Tlalmanalco.

La laguna alcanza su máximo esplendor en la época de lluvias y tiende a desaparecer en temporada de excesivo calor. Como la mejor referencia para su localización se encuentra a 30 minutos de la cascada congelada en San Rafael, Tlalmanalco, Estado de México. En este lugar se encontró un tetzacualo, que en 1986, aún era claramente perceptible la estructura de 10.50 x 6m, que en la temporada de lluvia quedaba parcialmente sumergida al ser abastecida por canales que desviaban el agua de manantiales próximos. En el Iztacíhuatl se sabe que hay cuatro Tetzacualos y uno más en el Popocatépetl. El más importante fue el del Monte Tlaloc. Aunque no menos importantes los del Caracol, El Solitario y Nahualac, ya que todos fueron observatorios astronómicos. Un dato muy interesante es que las estructuras del Caracol y de Nahualac separados por más 2 km y una diferencia altitudinal de 560m coincidan en punto muy específico; pues desde ambos sitios se ve aparecer el sol sobre el mismo corte de la montaña en el equinoccio.

La Leyenda de los Volcanes

La leyenda nos dice que hace ya miles de años, cuando el Imperio Azteca estaba en su esplendor y dominaba el Valle de México, como práctica común sometían a los pueblos vecinos, requiriéndoles un tributo obligatorio. Fue entonces cuando el cacique de los Tlaxcaltecas, acérrimos enemigos de los Aztecas, cansado de esta terrible opresión, decidió luchar por la libertad de su pueblo. El cacique tenía una hija, llamada Iztaccíhuatl, era la princesa más bella y depositó su amor en el joven Popocatépetl, uno de los más apuestos guerreros de su pueblo.

Ambos se profesaban un inmenso amor, por lo que antes de partir a la guerra, Popocatépetl pidió al cacique la mano de la princesa Iztaccíhuatl. El padre accedió gustoso y prometió recibirlo con una gran celebración para darle la mano de su hija si regresaba victorioso de la batalla. El valiente guerrero aceptó, se preparó para partir y guardó en su corazón la promesa de que la princesa lo esperaría para consumar su amor. Al poco tiempo, un rival de amores de Popocatépetl, celoso del amor de ambos se profesaban, le dijo a la princesa Iztaccíhuatl que su amado había muerto durante el combate. Abatida por la tristeza y sin saber que todo era mentira, la princesa murió.

Tiempo después, Popocatépetl regresó victorioso a su pueblo, con la esperanza de ver a su amada. A su llegada, recibió la terrible noticia sobre el fallecimiento de la princesa Iztaccíhuatl. Entristecido con la noticia, vagó por las calles durante varios días y noches, hasta que decidió hacer algo para honrar su amor y que el recuerdo de la princesa permaneciera en la memoria de los pueblos. Mandó construir una gran tumba ante el Sol, amontonando 10 cerros para formar una enorme montaña. Tomó entre sus brazos el cuerpo de su princesa, lo llevó a la cima y lo recostó inerte sobre la gran montaña. El joven guerrero le dio un beso póstumo, tomó una antorcha humeante y se arrodilló frente a su amada, para velar así, su sueño eterno. Desde aquel entonces permanecen juntos, uno frente a otro. Con el tiempo la nieve cubrió sus cuerpos, convirtiéndose en dos enormes volcanes que seguirán así hasta el final del mundo.



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