El que hacer altruista del artista “clasemediero” en México: Las vicisitudes de la industria musical

Todos sabemos que ser artista en México (y especialmente si perteneces a una clase socioeconómica media o baja) es merecedor para que te digan: “oye, pero te vas a morir de hambre, ¿por qué no estudias algo en serio?”. En efecto, algo tienen de razón, finalmente es algo parecido a la sabiduría popular.

Puede pensarse que el mundo del arte es un mundo de mérito, que el mejor artista, va a destacar de manera natural, sin embargo, hay muchas dinámicas en la industria que a ésta misma le conviene permanezcan casi ocultas para el interés público.

A continuación quiero brindar una reflexión desde mi perspectiva como músico que intenté vislumbrar algunos fenómenos sociales por los cuales todos los artistas atraviesan pero sólo algunos sobreviven. No es muy diferente en todos los ámbitos del arte, pero por respeto a los demás y para mantenerme al margen de lo que desconozco, voy a restringirme a hablar de la música. Aprovechando, quiero dejar en claro que lo expresado aquí es producto de mis reflexiones y experiencias, de todo lo aprendido y analizado en aproximadamente doce años de andar por este camino y de la idea de Carlos Monroy, baterista de La Piedra, quien me dejó pensando cómo efectivamente hacer música puede ser una actividad altruista.

La imagen al exterior, al público en general, es que la música que escuchamos (radio, TV, Youtube, Spotify, o en cualquier otro lugar) es música que ha llegado a los escaparates gracias a su valor y su mérito. Pensamos que la música que está de moda ha llegado a donde está porque en este momento es lo mejor que hay. ¿Por qué es conveniente que funcione así para la industria? Porque uno de los factores por los cuales se desarrolla el gusto musical (y con ello el consumo) es el prestigio. Pero el prestigio en la música, tras bambalinas, es una cosa sórdida, lejana a lo que el público piensa, y que muchas veces no tiene que ver con talento. Por supuesto que hay buenos artistas en los principales medios de comunicación, excelentes compositores, grandes cantantes y grandes músicos, sin embargo, muchos otros se han ganado su “prestigio” a partir de billetazos, porque tener fama aunque no tengas talento y seas una persona horrenda, también da prestigio si la posees per se.



Una de las cosas que no le conviene a la industria de la música (puesto que perdería algo de su misticismo y con ello algo de encanto) es que cada artista funciona dentro de este contexto como si fuera una “marca”; igual que Levi’s, Bimbo o Coca-cola, y cada canción, álbum o concierto es un “producto”, igual que unas donitas, un dildo, un frasco de miel o cualquier otra cosa para satisfacer la necesidad que el público quiera, para los cuales se necesitan comerciales (esa es una de las funciones más importantes de un video musical: dar a conocer un producto). Una vez más, enfatizo que el medio no está lleno de frivolidad y dinámicas vanas en las que sólo se quiere vender algo, pues también abunda el talento, la expresividad, la emoción, el mérito, las ganas de hacer las cosas bien y las ganas de hacer arte, sin embargo, nadie se escapa de la dinámica de mercado. ¿Por qué?, porque lo que escuchamos en los principales medios y plataformas son “productos” que, aunque sean intangibles, son fabricados para intercambiarlos por dinero. La realidad es: si no vendes tu música, entonces, ¿de qué vives o cómo haces dinero para comer y seguir siendo músico?

Es cierto, tienes que vender, y a una parte considerable de la comunidad artística (me incluyo) le incomoda el concepto de: “vender implica frivolidad”, significa que el artista da algo a alguien y ese alguien le da dinero por eso, aunque lo que se venda no tenga nada que ver con algo tan superficial como el dinero, aunque no sea igual de necesario que unos frijoles y unas tortillas y aunque lo que se venda intente expresar las emociones más profundas y humanas -entendido este adjetivo como aquello que nos atraviesa a todos simplemente por ser humano-. No nos gusta, pero tenemos que vender, y siempre ha sido así.

No nos gusta, pero sí no hubiera industria, probablemente cualquiera de nosotros no habría tenido acceso a la música que forma parte del mero centro de nuestra identidad. Si no hubiera industria, entonces los grandes festivales y conciertos (que bien pueden ser análogos a una misa, donde la moral es la identidad en turno) no tendrían la producción que tienen ahora, no serían tan grandes, no serían tan espectaculares y no nos provocarían lo que nos provocan -al menos a quienes acostumbramos ir a festivales-. Si no hubiera industria de la música, entonces no existirían grandes producciones musicales que en algún momento costaron muchísimo; por el equipo que se necesitó para grabar, producir y por el personal calificado que se necesitó para hacerlo posible. La industria es un mal necesario para el arte: son los engranes, sucios y feos, la banda transportadora con la que el producto llega a su consumidor, las cadenas que levantan el telón, pero también, la industria es de alguna manera, la que nos brinda la posibilidad de tener experiencias increíbles al encontrar “la música” que nos cambia la vida.

Considerando lo anterior, para un artista independiente clasemediero de la CDMX, la industria y sus dinámicas se vuelven un filtro cruel en el que muchos desisten. De manera general, al menos aquí en México, el arte y la industria del arte han sido un ámbito elitista. En él, sólo algunos saben cómo hacerle para ganar dinero siendo artista, y por nombrar sólo algunos factores podría decir que, de las cosas más relevantes son: ser un productor artístico de calidad (los cuales hay muchos, pero muchos, aunque no se vean), saber vender el producto artístico (cómo enmarcarlo conceptualmente, a quién dirigirlo, a quién mostrárselo, cómo y cuándo presentárselo, etc.), saber a quién le conviene mostrar tu producto (conocer los medios principales por los cuales se distribuye el tipo de producto que quieres distribuir), tener el capital para pagar la producción y difusión del producto y tener acceso o ser parte de la comunidad que ya sabe y controla la exposición. Muchas veces también es pura suerte, porque se da el caso en el que alguien más se encarga de todo lo anterior por ti, finalmente eso hacían las disqueras, sin embargo, desde mi perspectiva hay algo seguro: ningún producto nuevo se vende solo. Por aquí y por allá se dice que son unas cuantas personas las que controlan qué se escucha y qué no se escucha de manera masiva en México. Aún sin pruebas de que esto efectivamente funcione así, de fuentes confiables sé que hay un grupo reducido de personas que controlan demasiado.

Un artista, clasemediero, puede “echarle muchas ganas”, aprender arte; meterle todo el corazón a lo que hace y sacar una obra que tiene vida propia. Puede ser muy autodidacta y aprender muchísimo en internet para analizar, mejorar y crear cosas más significativas cada día, pero el círculo de la creación artística no se completa si la obra no llega a quien la perciba y tampoco si el creador no puede seguir creando.



En esta ciudad son pocos los que tienen todos los elementos anteriores, o sea, los que poseen el dinero para producir arte, pero además el “capital social” (lo que se conoce como “contactos”) para distribuir el producto; y además el dinero para pagarle a ese capital social, -porque por más que los contactos sean contactos, nadie trabaja gratis-, y eso está bien, es sensato. Desde la posición de clase media, es difícil que tener el conocimiento de la parafernalia mercadotécnica que una obra de arte necesita únicamente para, a penas, generar un interés en la gente a la que le es desconocido el autor. Por eso aún hoy la mejor forma de difusión es la que va de boca en boca, puesto que la recomendación de alguien dota de prestigio a la obra que se recomienda (siempre y cuando confiemos en el criterio de la persona que recomienda), pero para que primero llegue a los oídos del recomendador, sigue siendo necesario ese proceso mercadotécnico. O sea que, en resumen, además de tener talento como creador y productor se necesita dinero para hacer la obra, conocimiento para saber cómo distribuirla en el mercado, contactos que formen parte de la industria donde se tendrá que distribuir esa obra, dinero para pagar los servicios de esos contactos y gente que tenga dinero y esté dispuesta a invertir en la obra (muy raro).

El artista clasemediero tiene muchas ganas y puede ser que mucho talento, pero su entorno, lejos de darle dinero para fomentar su creación artística, hace chistes sobre cómo el artista se muere de hambre (muchos muy graciosos, la verdad). El artista clasemediero muchas veces no tiene ni idea de las cuestiones básicas de marketing. No tiene el dinero para emprender su negocio artístico y hacer más dinero. Como resultado le cuesta el triple de trabajo lograr una obra que compita en calidad con las otras obras del mercado, le costará más dar a conocer esa obra, y al mercado no le importa ni le importará, pero no podemos culparlo. No es mi afán hacer una apología de cómo funciona el mercado, pero de cierta manera es normal que se comporte así. De cierta manera es normal que uno escoja, en la vida cotidiana, los productos que más satisfacen nuestras necesidades (materiales, ideológicas o de cualquier otro tipo), muy a pesar de lo que nuestra subjetividad nos diga que esté bien o mal sobre cómo funcionan las cosas en el mercado.

Y a pesar de todo esto, de las pocas posibilidades de vivir de la obra, hay una cantidad increíble de personas que lo siguen haciendo, a sabiendas de que no van a vivir de eso. Ese es el arte altruista, autofinanciado por el propio artista, que cuando llega a presentarse, cuando llega a ser escuchado, su motivación puede ser más pura, la de alguien que sin el afán de volverse un rockstar comunica su obra para despertar alguna emoción en quien la recibe. Para muchos artistas clasemedieros (me incluyo) ese es el principal objetivo: queremos regalar algo que transforme vidas, como sentimos que la música qué transformo las nuestras fue un regalo. Para muchos artistas clasemedieros (me incluyo) no hay de otra. El impulso de crear es tan fuerte y tan indispensable en la vida que uno no puede más que seguir, aunque la principal fuente de financiamiento para ese regalo que queremos hacer a los demás sea uno mismo, y aunque a uno mismo le cueste no tener vida (porque además de crear tienes que trabajar para pagar la producción de tu creación).

Definitivamente el mercado del arte independiente no está tan lleno de calidad, pero ahora ya saben porqué, y sin embargo, es más que probable encontrar increíbles obras de arte en él, genuinas y llenas de autenticidad. Los artistas clasemedieros que dedican su vida a hacer arte “por amor al arte” van a seguir existiendo, no hay de otra. La otra salida es matar el alma.

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