Hacer lo que se tiene que hacer

Escucho el ladrido de los perros en la calle, las gotas de lluvia terminando de caer y regreso a aquella vereda sucia y abandonada, a aquel lugar donde encontré el cuerpo sin vida de aquella chica. Los faroles que todavía servían alumbraban su cuerpo inerte en el cemento.

Los brazos llenos de sangre abrazando al cuerpo, las piernas cruzadas con los pantalones hechos jirones, el cabello tapando el rostro pálido sin vida.



Su nombre era Emma While, 19 años, estudiante de Economía Internacional en la Universidad de Massachusetts y la hija de la alcalde de la ciudad, lo que suponía más presión para resolver el caso.

Me preguntaba cómo una chica tan joven y bonita había terminado en esa situación. Asesinada en un callejón mal oliente en la zona más peligrosa de Boston. Y aún cuando no entendía qué podría haberle ocurrido, sabía que habían muchas opciones de cómo pudo haber llegado hasta ahí.

El sonido de algo cayéndose me sobresalta y me hace volver al presente. Mi taza de té se encuentra en el piso rota con todo el té de menta regado. Suspiro y busco al causante de aquel desastre, y lo encuentro acostado en el sofá acicalándose con su lengua.

Dante, mi muy antipático y peludo gato. Me mira como si se estuviera burlando de mí y sigue lamiéndose.

Recojo los pedazos de vidrio del piso sin fijarme bien en lo que hago y termino cortándome la mano. Maldigo y unas lágrimas se reúnen en las orillas de mis ojos. Estúpido gato, estúpida yo por no ser más cuidadosa.



Veo la sangre saliendo de la cortada haciendo su camino hasta el piso. Las imágenes regresan otra vez a mí, me parece que es la sangre de Emma la que tengo en mis manos, siento mi pulso acelerarse, mi visión se torna borrosa. Intento sostenerme de algo pues siento que pierdo el equilibrio, estoy mareada.

Logro sentarme en una silla cercana, mientras consigo recuperar mi vista y trato de controlar mi respiración. Escucho a Dante maullar.

Levanto mi vista y veo como la lámpara de mi escritorio empieza a titilar, escalofríos bajan por mi columna, siento mi respiración volverse cada vez más pesada.

Los gritos desesperados llenan mis oídos, es como música para mí.
Dante se pasea por mis pies, pero solo puedo pensar en aquel momento.
La sangre llena mis manos y nunca nada me pareció tan rojo y tan hermoso.
Estoy enloqueciendo, es eso. Sí, es eso. Este caso me está volviendo loca.

Finalmente, sus intentos de defenderse se acaban, ya no está respirando. Murió. Porque yo la maté.

¡No! ¡Yo no fui! Yo no la maté, yo no la maté. No lo hice.

"Sí, fuiste tú. Tú la mataste." Aquella voz suena en mi cabeza, quiero que deje de hablar, que se detenga. "La mataste. Tú lo hiciste. Y ahora que ella ya no está podemos recuperar a Jason."

Jason, mi encantador Jason. Quien me dejó por esa zorra universitaria. Lo extraño, lo extraño mucho. ¡Pero yo no quería matarla! ¡No quería! No era mi intención.

Nadie se puede enterar, nadie puede saber que yo lo hice. Jason no puede saber que la maté. No puede saberlo.

Tomo una respiración profunda, despejo mi mente de esos pensamientos. Me levanto y recojo los pedazos de taza y vuelvo con un trapo para limpiar el té. Lavo mis manos y curo la cortada. Aquella voz no vuelve a sonar, no me molesta más.

Me hago otro té, vuelvo al escritorio a terminar de redactar en el informe en la computadora. Dante se sube a mi regazo mientras escribo.

"(...) las pruebas tomadas indican que la víctima tenía relaciones con delincuentes muy peligrosos. Todo parece señalar que fue un ajuste de cuentas donde la víctima se vio involucrada (...)"

Termino de escribir y acaricio a Dante mientras le hablo –A veces una mujer tiene que hacer lo que tiene que hacer, Dante.

Fin

Quizás te pueda gustar

Deja un comentario