Flor de Loto

Detrás de las verdes montañas que se observan a lo lejos, donde el sol nace cada mañana, se encuentra un gran, gran bosque. Lleno de criaturas hermosas y frondosa vegetación, un riachuelo que lo atraviesa, con un agua cristalina como el cielo, los majestuosos pinos casi tocan las nubes, las noches son más estrelladas y la luna resplandece llenando el lugar de luz.

Y ahí, en lo más profundo del bosque, se encuentra una pequeña cabaña, rodeada de árboles frutales y flores silvestres. En esa cabaña vivía una hermosa familia, llena de amor y alegría. El matrimonio, conformado por el divertido padre Loretto y la muy risueña madre Gala, vivía con sus 3 pequeños hijos: Gael, Milo y Loto.



Loto, como en todas las familias, por ser la más pequeña, era la favorita. Sus hermanos la adoraban y sus padres la mimaban con besos y abrazos haciéndola reír a carcajadas. La dulce y carismática Loto.

Loto, que poseía una preciosa cabellera negra reluciente, una piel tan blanca como la nieve y ojos llenos del verde más puro. Loto, que tan solo tenía 4 años el día que desapareció.

Estaba siendo un día como cualquier otro, el padre recogía frutas de los árboles con ayuda de sus dos hijos mayores, mientras mamá y la pequeña niña plantaban algunas flores. La paz y la tranquilidad reinaban en aquel bosque.

Pero, cuando mamá fue en busca de más semillas y dejó a la pequeña Loto jugando entre las plantas, algo terrible sucedió. Loto desapareció sin dejar rastro. La madre al salir otra vez y no encontrarla pensó que estaría con su padre y hermanos, pero cuando estos volvieron de recoger frutas y la niña no venía con ellos, todo se convirtió en un caos.

Gritos de desespero y angustia, incansables búsquedas y todo lo que se oía en el bosque era el nombre de la niña. "¡Loto!", se escuchaba en cada rincón del bosque, "¡Loto!", haciendo a las aves emprender vuelo atemorizadas y a los animales esconderse. "¡Loto!", se repetía una y otra vez.



Cansados y con el corazón roto por no encontrar a la niña, los padres y los niños entraron a la cabaña. Y desde ese momento, todo tomó un tono triste. El padre ya no hacía bromas ni contaba chistes, la madre ya no reía ni bailaba por toda la casa, Gael y Milo ya no salían a jugar ni escalaban árboles. Las flores se marchitaron, las frutas se las comieron los animales, y el bosque ya no parecía el mismo de antes. ¿Cómo es que la simple presencia de la niña iluminaba todo ese gigantesco bosque? Y ahora que ya no estaba, todo lucía triste y opaco.

Los años pasaron y nadie podía borrar el recuerdo de Loto. Pero como es ley de vida, los niños ya mayores, buscaron sus propios destinos. Gael, fue el primero en dejar el hogar, cruzando las empinadas montañas llegó a un pueblo muy pintoresco, donde las personas sonreían a todo mundo, las casas tenían colores llamativos y los niños jugaban alrededor.

Ahí se enamoró de una bella chica, Dove. Fue amor a primera vista. Todos comentaban la llegada de un chico muy guapo y gentil al pueblo, y Dove, que gustaba de darle una buena bienvenida a cualquier viajero, fue directo a su encuentro. A los meses se casaron en la iglesia local y al año siguiente tuvieron una hermosa niña, con el cabello negro como la noche, la piel tan blanca como porcelana y unos ojos verdes profundo. Como imaginarán, fue nombrada Loto.

Milo, sabiendo que cuando él tomará vuelo, sus padres quedarían solos, le costó más irse. Pero por insistencia de ellos mismos, un día partió de la cabaña y del bosque que lo vio crecer.

Milo, quien todavía buscaba explicaciones a la desaparición de su pequeña hermana, llegó a un pueblo mucho más lejano que a donde había ido a parar su hermano mayor. Allí, todo era más moderno y grande. Las personas quizá no eran tan sonrientes, pero sí amables.

Llevaba 5 meses en ese pueblo cuando la vio, una hermosa chica con cabellos color azabache, la piel blanca impoluta y unos ojos del color del bosque. La reconoció, era ella, su pequeña hermana, era Loto. Lo sabía.

Rápido, fue a su encuentro, pero menuda decepción al llegar a la joven, pues esta, extrañada negó ser tal niña. Sin embargo, ambos se hicieron muy buenos amigos, por lo que no fue de extrañar que un año después se estuvieran casando, con una boda hermosa junto al lago.

Loretto y Gala, sabiendo que sus hijos no habían regresado porque formaron sus familias en otros horizontes, renovaron sus votos en una bonita ceremonia rodeados de los animales. Y en esa segunda noche de bodas, el amor y la pasión los consumió. Así, nueve meses después nacería un precioso varón, que les llenó el corazón nuevamente de alegría. Con el mismo cabello negro reluciente, la misma piel blanca como nieve y los mismos ojos verdes puros, que poseía la nunca olvidada Loto.

Cuenta la leyenda, que cada 100 años, ocurren desapariciones extrañas en todo el mundo. Los niños pequeños son tomados de su familia por un rayo de sol, para luego poner una pequeña luz de esos niños en cada lugar del planeta. Logrando que así, la inocencia y pureza que solo un pequeño niño posee, pueda esparcirse por todos los rincones de la tierra.

Fin

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