Jorge Luis Borges, escritor prolífico

Biografía

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació en Buenos Aires, Argentina el 24 de agosto de 1899. Su padre era un abogado asiduo a la lectura, hábito que le transmitió a Jorge Luis desde pequeño. La infancia de Borges transcurrió en una casa bastante amplía, con una biblioteca de la cual Borges no se despegó desde que tenía memoria. Su primera educación la recibió de sus padres y una institutriz, hasta los nueve años ingresó a una escuela pública en Palermo. Esta experiencia fue muy desagradable para él debido a las diferencias sociales, Borges proveniente de una familia acomodada contrastaba con la mayoría de sus compañeros pobres. Esta experiencia no duró mucho debido a que el padre de Borges empezó a tener problemas con la ceguera hereditaria y se traslado a Ginebra, Suiza en 1914 para recibir tratamiento. La educación en Ginebra fue diferente a la de Argentina. En ginebra sus gustos refinados y su conocimiento de literatura y otras materias era bien recibido y estimulado por sus compañeros. En 1919 cuando termina la guerra su familia se traslada a España donde Borges publicó bsus primeros trabajos literarios.

En 1921 regresó a Argentina donde su carrera literaria empezó a despegar con ayuda de unos conocidos de su padre. Publicó unos trabajos en la revista Prisma, de la cual solo hubo dos números. En 1923 regresó a España pero solo fue una estancia breve, ya que en 1924 regresó a Argentina donde empezó a publicar la mayor parte de su trabajo y su obra más reconocida como El Aleph. Su trabajo en argentina fue muy prolífico hasta 1950, año en el que fue nombrado presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, cargo al que renunció tres años más tarde. Después de 1955 con la caída del peronismo a manos de La Revolución Libertadora, Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional cargo que tuvo por 18 años, además fue incorporado a la Academia Argentina de Letras. Los años posteriores fueron de reconocimientos internacionales para Borges, en Estados Unidos recibió varios galardones.



Fue hasta su últimos años de vida que se enteró de un cáncer que lo estaba invadiendo y para evitar ser un espectáculo nacional en Argentina se trasladó a Ginebra para pasar sus últimos días. Borges falleció el 14 de junio de 1986 a los 86 años por un cáncer hepático y un enfisema pulmonar.

Obras

Poesia

• 1923: Fervor de Buenos Aires
• 1925: Luna de enfrente
• 1929: Cuaderno San Martín
• 1960: El hacedor
• 1964: El otro, el mismo
• 1965: Para las seis cuerdas
• 1969: Elogio de la sombra
• 1972: El oro de los tigres
• 1975: La rosa profunda
• 1976: La moneda de hierro
• 1977: Historia de la noche
• 1981: La cifra
• 1985: Los conjurados

Cuentos

• 1935: Historia universal de la infamia
• 1944: Ficciones
• 1949: El Aleph
• 1970: El informe de Brodie
• 1975: El libro de arena
• 1983: La memoria de Shakespeare

Ensayos

• 1925: Inquisiciones
• 1926: El tamaño de mi esperanza
• 1928: El idioma de los argentinos
• 1930: Evaristo Carriego
• 1932: Discusión
• 1936: Historia de la eternidad
• 1952: Otras inquisiciones
• 1982: Nueve ensayos dantescos

Prólogos

• 1975: Prólogos con un prólogo de prólogos
• 1988: Biblioteca personal
• 2000: Prólogos de la biblioteca de Babel
• 2003: El círculo secreto

Conferencias

• 1979: Borges oral
• 1980: Siete noches
• 2000: Arte poética
• 2000: Borges profesor
• 2014: El aprendizaje del escritor
• 2016: El tango

Frases

1. Todo lo que nos sucede, incluso nuestras humillaciones, nuestras desgracias, nuestras vergüenzas, todo nos es dado como materia prima, como barro, para que podamos dar forma a nuestro arte.
2. Vi todos los espejos en la tierra y ninguno de ellos me reflejó.
3. No hables a menos que puedas mejorar el silencio.
4. Lo que realmente valoras es lo que extrañas, no lo que tienes.
5. En mi próxima vida intentaré cometer más errores.
6. ¿Qué hombre de nosotros nunca ha sentido, caminando por el crepúsculo o escribiendo una fecha de su pasado, que ha perdido algo infinito?
7. De mi debilidad, obtuve una fuerza que nunca me abandonó.
8. No estoy seguro de nada, no sé nada… ¿Puedes imaginar que ni siquiera sé la fecha de mi propia muerte?
9. La palabra felicidad existe en todos los idiomas; es plausible que la cosa en sí exista.
10. La duda es uno de los nombres de la inteligencia.
11. Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico de formas cambiantes, ese montón de espejos rotos.
12. Nada está construido en piedra; Todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuera de piedra.
13. El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me lleva, pero yo soy el río; es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
14. El peor laberinto no es esa forma intrincada que puede atraparnos para siempre, sino una línea recta única y precisa.
15. Nadie es un poeta de ocho a doce y de dos a seis. Quien es poeta es uno siempre, y continuamente atacado por la poesía.
16. Un laberinto de símbolos… Un laberinto de tiempo invisible.
17. La censura es la madre de la metáfora.
18. Aceptamos la realidad tan fácilmente, tal vez porque sentimos que nada es real.
19. Cuando los escritores mueren se convierten en libros, que, después de todo, no es una encarnación tan mala.
20. El cielo y el infierno me parecen desproporcionados: las acciones de los hombres no merecen tanto.
21. Tú que me lees, ¿estás seguro de entender mi idioma?
22. Más allá de mi ansiedad, más allá de esta escritura,
23. El universo espera, inagotable, invitador.
24. Deje que otros se enorgullezcan de cuántas páginas han escrito; Prefiero jactarme de los que he leído.
25. La memoria del hombre forma su propio Edén interior.
26. Mi empresa no es difícil, esencialmente. Solo debería ser inmortal para llevarla a cabo.
27. Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.
28. La realidad no siempre es probable o posible.
29. La soledad no me preocupa; la vida es bastante difícil, aguantarte a ti mismo y con tus propios hábitos.
30. A veces sospeché que lo único que no oculta ningún misterio es la felicidad, porque es su propia justificación.
31. Si el espacio es infinito, podemos estar en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito, podemos estar en cualquier punto en el tiempo.
32. El mar es una expresión idiomática que no puedo descifrar.
33. La verdad nunca penetra en una mente no dispuesta.
34. Puedo darte mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón, estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota.
35. Los poetas, como los ciegos, pueden ver en la oscuridad.
36. ¿De qué otra forma se puede amenazar que no sea de muerte? Lo interesante, lo original, sería lo que amenace a uno con la inmortalidad.
37. Un sistema no es más que la subordinación de todos los aspectos del universo a cualquiera de estos aspectos.
38. Cualquier vida se compone de un solo momento, el momento en que un hombre descubre, de una vez por todas, quién es él.
39. Pensé que un hombre puede ser un enemigo de otros hombres, de los momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, chorros de agua, puestas de sol…
40. Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón.

Poemas de Borges

A un Gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

A un poeta sajón

Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
pesó como la nuestra sobre la tierra,
tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
tú que viniste no en el rígido ayer
sino en el incesante presente,
en el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
tú que en tu monasterio fuiste llamado
por la antigua voz de la épica,
tú que tejiste las palabras,
yú que cantaste la victoria de Brunanburh
y no la atribuiste al Señor
sino a la espada de tu rey,
tú que con júbilo feroz cantaste,
la humillación del viking,
el festín del cuervo y del águila,
tú que en la oda militar congregaste
las rituales metáforas de la estirpe,
tú que en un tiempo sin historia
viste en el ahora el ayer
y en el sudor y sangre de Brunanburh
un cristal de antiguas auroras,
tú que tanto querías a tu Inglaterra
y no la nombraste,
hoy no eres otra cosa que unas palabras
que los germanistas anotan.
Hoy no eres otra cosa que mi voz
cuando revive tus palabras de hierro.

Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
que mis días merezcan el olvido,
que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
pero que algún verso perdure
en la noche propicia a la memoria
o en las mañanas de los hombres.

Alhambra

Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.

Amorosa anticipación

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la costumbre de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
serán favor tan misterioso
como el mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige,
me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes,
Arrojado a quietud
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré por vez primera, quizá,
como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo
sin el amor, sin mí.

El enamorado

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.

El Sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente,
¿por qué, si te despiertan bruscamente,
sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
nos despoja de un don inconcebible,
tan íntimo que sólo es traducible
en un sopor que la vigilia dora

de sueños, que bien pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra

y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
sueño, del otro lado de su muro?

Cuentos

El libro de arena, un relato corto de Borges

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

-Vendo biblias -me dijo.
No sin pedantería le contesté:
-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó:
-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

-Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
El libro de arenaLo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.
En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
-No -me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
-Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.

Después, como si pensara en voz alta:
-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
-¿Usted es religioso, sin duda?
-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
-Y de Robbie Burns -corrigió.

Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
-¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.

-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

-A black letter Wiclif! -murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.

-Trato hecho -me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.
Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

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