El Aullador Nocturno

I

A pesar de que mi cuerpo ha sido deformado por la lepra, no es el estigma de Hansen el que me aterra, pues después de todo, cuando uno vive en una colonia llena de frágiles y descarnadas sombras de humanos, lo menos que puede espantarle es un simple estado degenerado y poco avanzado de este mal, que se vuelve trivial después de años de observar despojos así, es como estar de continuo frente al espejo. Aun cuando he observado desde los primeros hasta los últimos estadios de este mal, puedo afirmar que no son sino vagos fantasmas y tenues sombras de horror infantil a comparación lo que me atormenta desde hace meses, justo desde la misterioso y horrenda muerte del Sr. Salzt.

Yo no era un leproso común, me refiero a que no presentaba un estado descarnado como el de los demás, y es que mi enfermedad, afortunadamente evolucionó en la forma seca, pero dada la deformidad que me había dejado, y el absurdo prejuicio y mofa de los “normales”, debí buscar refugio de la sociedad en esta colonia de leprosos, pues aquí, aunque uno quiera ser prejuicioso, elitista, racista, o cualquier otro vicio plebeyo y estúpido, no puede, por que todos compartimos la misma maldición, cosa que también ocurre en el mundo exterior, pero que los lujos y las ilusiones de la cosmopolitanidad disfrazan para evitar mirar directamente la realidad.



En fin, no recuerdo muy bien por que fechas llegó aquí Howard Salzt, me parece que era invierno o verano, una época de clima extremo, lo cual no importa cuando uno tiene muertos los nervios; lo que sí es cierto es que su llegada fue algo espectacular y muy fuera de lo común para los días que transcurren en este leprosario, el siguiente siempre copia calca del anterior.

Toda una caravana coches tirados a caballo seguidos por de criados lo escoltó hasta la puerta, y fue acompañado por los directivos a escoger entre las mejores habitaciones del lugar, las cuales se reservaban a los enfermos distinguidos, o a los miembros de la realeza que hubieran caído en la desgracia de contraer el mal. No era normal para nadie un recibimiento así, pues reconozco que aquí por lo menos nos tratan con dignidad, pero como he dicho, solo a “miembros distinguidos” les estaba reservada una acogida así en el apartado valle que sirve como refugio a parias como nosotros.

Así pues, su llegada fue algo descomunal, y no sé si para ganar nuestra amistad, o solo para guardar apariencias, sus criados, sin poder ocultar del todo una actitud de desprecio y asco ante nuestro estado, repartieron ropa y cosas de uso común, que mal o bien, todos recibimos de agrado, pues hacía mucho que no las veíamos, debido a esto, la primera impresión de Salzt fue la un individuo altruista dispuesto a integrarse a nuestro extraño mundo, mas nadie sospechó que detrás de aquella apariencia tan benevolente y generosa se escondía un alma brutal y negra.

Howard no tardó en adaptarse a la vida del leprosario, y para mi desgracia, lo colocaron en la lavandería junto conmigo, aunque aquello era extraño, pues dada su posición podía habérsela pasado aquí sin hacer nada, tal vez lo hizo para romper la monotonía del lugar, o era parte de su disfraz. Al principio no hablaba mucho, pero cuando comprobó que mi cháchara no era absurda ni aburrida, y que yo no era del todo un hombre común, comenzó a lanzarme comentarios aislados y disparos partos, hasta que semanas mas tarde se dignó a dirigirme algunas palabras de aprobación o desagrado, además de sus habituales señas de si y no con la cabeza con las que había comenzado a comunicarse conmigo. Poco después rompió su silencio conmigo de una manera extraña; fue en la época de invierno, justo el día de Navidad, fiesta por demás obsoleta y muerta en un lugar lleno de moribundos despojos humanos, pero que al menos servía de escape a los pocos que aun conservaban su absurda fe cretino-cristiana, y daba pretexto a los mustios familiares para visitar a sus podridos seres “queridos”,

llevarles algo de ropa, comida, regalos, y pagar su contribución a la comuna, y a su conciencia. Por su parte, Howard, al igual que yo, nos dedicamos a secar las sábanas, ya que no había nadie que nos visitara, al menos a mi, por que según me contó, a el lo buscaban ciertas damas y amistades antiguas cuando aun era alguien, sin embargo, no estaba dispuesto a recibir a nadie, pues según, había encontrado una forma diferente de ser el mismo en el leprosario. Aquella conversación fue muy extraña, además de que era la primera vez que me dirigía algo mas que “si” y “no” o “esta bien”, y es que no era normal que un hombre tan aristocrático y callado se soltara a hablara como lo hizo aquella vez. Desde entonces me contaba muchas cosas algunas de las cuales me hacían morir de envidia, y otras me estremecían de miedo, pero es que todo en ese hombre era raro y sombrío, incluso la sardónica sonrisa que me regalaba cuando nos despedíamos por la tarde.



Una especie de extraña cofradía fue surgiendo poco a poco entre aquel serio tipo y yo en la lavandería, pero muy distinta de la verdadera amistad o hermandad que he observado entre los que compartimos este destino, sin embargo, fue ese vínculo tras el cual me refugié de la soledad y mis propios demonios de mi vida antes de la comuna, y encontré un pequeño punto de esperanza y anhelo en el cotidiano hecho de llegar y hablar con él, llegué incluso al grado de ansiar religiosamente la mañana para poder conversar con él, no por que importara de que hablar, si no solamente para recordar e imaginar como había cambiado el mundo exterior en mi ausencia. Por otra parte, vaya si aprendí de él, pues era un individuo letrado, no cabe duda que a veces el dinero si da cultura; por lo menos era la primera vez en este lugar que hablaba con un ser humano sobre cosas fuera de lo común y trivial, pero también mas allá de los prejuicios y vanalidades del exterior, sin sentirme etiquetado de ninguna forma, y es que aquí yo soy solo un hombre mas, como todos, antes que ser leprosos, cristianos, ricos o pobres, somos hombres, parece que a veces necesitamos de la desgracia para recuperar la sencillez. En fin, cuando menos el hablar con el las pocas horas que tomaba hacer el trabajo vino a romper con la mortal monotonía de este lugar.

Por lo que me llegó a decir, y lo que por fuera supe, desde su juventud mas temprana, a los quince o diecisiete años, frecuentaba los antros de peor reputación en la ciudad; sin duda fue ahí donde contrajo el terrible mal de Hansen, entre alcohol y orgías. Por otro lado, también pude deducir que era hijo de un noble o de un dignatario, ya que, además de la considerable escolta que lo trajo, el día que llegó, fue recibido con pompa por los directores del lugar, sin duda por que aportarían generosas sumas a la institución; eso, además de su ropa cara, sus modales refinados, y su rebuscado lenguaje y su despótico hablar, nos inducían a todos a pensar que era de muy alta alcurnia, o al menos eso aparentaba.

Algunas cosas que hablaba resultaban poco creíbles, sin embargo, después supimos que según lo poco que se cuchicheaba, su vida antes del leprosario en efecto no era por cierto un modelo de virtud, y aun se hizo más envenenada y negra cuando su mal se hizo evidente. Me pareció muy extraño que se hubiera internado por si mismo, no solo por que se veía completamente sano al principio, sino por que una persona así habría podido atenderse en otro lado, pero mas tarde entendería por que.

Debió ser bien parecido antes de contraer el mal, ya que a menudo lo visitaban bellas mujeres vestidas con lo último de la moda, al menos en el leprosario; desgraciadamente para ambos, dejaron de ir en cuanto su apariencia se deformó por completo y su salud empeoró casi al punto de metamorfosearle horrendamente el rostro y las manos, tanto que era grotesco mirarlas demasiado. De lo mas extraño que noté, aparte de los detalles de su muerte, es que su estado degeneraba con extrema rapidez, como jamás vi ni he vuelto a ver en todos mis años entre leprosos de todos tipos, y era muy curioso como había entrado casi sano y poco a poco se iba despedazando conforme avanzaba el mal, tal vez su alma negra trataba de escapar de su cuerpo y poseer otro para seguir esparciendo la peste y el desenfreno por los barrios bajos.

Las pocas veces en que entré a su habitación a levantarle, pues era muy perezoso, pude notar que estaba llena de libros extraños y mohosos, al punto de la desintegración, lo mismo que su dueño. Cierta ocasión incluso se atrevió a contarme como llegó al leprosario; como se rumoraba, desde chico había derrochado el oro su padre familia en vez continuar con la vida propia de un noble, me contó como caían sobre los burdeles de todas clases el y sus amigos, como asaltaban viajeros por el gusto de la adrenalina, y como extorsionaban a quienes se les oponía. Según me dijo, una de las mujeres con quienes había estado en el burdel hacía años había muerto de lepra, y dado que ya había comenzado a manifestar síntomas, decidió evitar el escarnio de la alta sociedad y recluirse voluntariamente en un leprosario miserable y poco conocido, fingiendo un largo viaje a las inexploradas regiones del África y Sudamérica; aquí, entre nosotros, creía que las mujeres que le admiraban y la gente que conocía a su familia no se enterarían jamás como había acabado, sin embargo, como yo mismo pude ver, esa gente tiene formas de llegar a cualquier lado, y en efecto, cuando se enteraron de aquello escarnecieron a su familia todos sus amigos, todos excepto las mujeres a las que había servido de compañía, aquellas a las que de alguna forma había fascinado y que iban a visitarle al principio, pero que ahora, cuando lo veían convertido en un ser horrendo le huían como a un grotesco engendro “- ¡malditas perras!- dijo - ellas y yo, y tu también, y todos esos estúpidos amigos de mi padre están igual de podridos por dentro, o peor que yo; ahora ¡lárgate leproso de mierda, ya te dije suficiente!-” me gritó, aunque cuando iba a salir me detuvo del brazo “- no creas que estaré aquí por siempre, no, jamás, he mandado traer de Persia un manuscrito poderoso con el que me curaré, si eres bueno, quizá experimente contigo primero, y si me curo quizá me de el lujo de dejártelo, aunque no creo que te sirva de mucho ¿sabes leer por lo menos?-”, “-No - ”, le respondí, para desviar su pregunta - No importa, ahora largo plebeyo estúpido.

II

Fue después de la Navidad de su tercer año en la comuna cuando comenzó a escapar de su cabaña por la noche. Nadie lo notaba, y yo no me habría dado cuenta de no ser por que su choza estaba frente a la mía, y por mucho que se esforzara, las hojas son buenas delatoras para cualquiera en medio de la noche.

Tenía una especie de ritual para escapar. Primero, encendía una lámpara sorda, que poco a poco se iba consumiendo hasta terminarse, sin duda para despistar al curioso con la idea de que ya se había dormido, después, se arrastraba dolorosamente por la hojarasca y desaparecía entre la maleza, a costa de sus descarnados miembros. Al principio no lo seguí, solo hasta que uno de nuestros compañeros murió, pero no de lepra, sino de horror, pues un espanto indecible podía leerse en sus ojos cuando lo encontraron, además de que su cuerpo se había torcido y consumido de manera macabra en el mas completo silencio a lo largo de la noche.

Es curioso como escuchábamos ladrar furiosos a los perros, y los creía locos, hasta que un día me harte de su cacofonía, y me levanté a ver que los enervaba así, fue entonces cuando note una sombra tambaleante que pululaba por entre la maleza. Al principio creí aquello alguna imaginación producto del encierro y la desesperanza, pero me convencí hasta que me levanté y corroboré sus escapadas por mi mismo, al ocultarme al lado de su choza y percibir su alcohólico hedor mientras se arrastraba hasta el antiguo camino que llevaba al río.

Había ocasiones especiales en las que no iba al río, como si sus salidas obedecieran a fechas particulares del calendario, en esas noches la luz de su choza permanecía encendida hasta altas horas de la noche, y era entonces cuando gritaba cosas raras, y a veces se despertaba balbuceando incoherencias, otras ocasiones, se quedaba hasta tarde a leer y preparar arcanas pociones que luego probaba en la pobre vegetación a su alrededor, incluso creo que a veces conmigo y con otros mientras dormíamos, pues tenía la extraña capacidad de adormecer a cualquiera con unos raros polvos, que ahora sé, son la esencia mágica de bar Sakrha, quien conoció el horrible secreto de Nyarlathotep. Por otra parte, y respecto a sus sacudidas de media noche, gritaba cosas locas en un idioma que yo nunca había oído ni he vuelto a oír jamás, salvo en mis peores sueños de horror, frases sin concordancia lógica como “Xastur j’rthui fngthal r’tlhui-thar G’hyaliua V’lglhuiy Hali”; además, mencionaba sobre todo a un tal Cthulhu en sus delirios nocturnos, y de continuo temblaba en sueños y oraba al Aullador Nocturno, y es que uno no puede menos que espiar a alguien que grita cosas y prepara pócimas sin aparente propósito. Y por cierto, pese a todos sus elixires y pociones, su estado no mejoraba, incluso comenzó a empeorar con la llegada del invierno, pero como ya sabéis, ni lo sintió. “- el pergamino fracasó, pero no te preocupes, tarde o temprano servirás para mis fines -” dijo sombrío al quemar un trozo de papel en su lámpara de petróleo.

Había otras ocasiones en las que realizaba curiosos rituales, por ejemplo en la víspera de Halloween, el antiguo Shamain celta, se vestía con extrañar garras y preparaba raros fetiches, esperando hasta que la última luz de las chozas se extinguiera para escapar a lo alto de la colina, pues al fondo esta el valle donde el deprimente leprosario escapa de la civilización, y escalaba dificultosamente hasta un promontorio conocido como “el risco del demonio”, pues ahí se reunía en tiempos antiguos la obscura extinta secta del “fuego negro” en las Víspera de Mayo y Walpurgis a celebrar necrófilos y malditos rituales al amparo de la luna, y según se decía, había sido un lugar de culto entre los pobladores medievales del lugar, por lo que todos menos él le rehuían y temían. Pese a estas extrañas rutinas, su estado empeoraba, como el de todos, a excepción de los que padecíamos lepra seca o leonina, pero todo comenzó a cambiar a partir de la llegada a su choza de un paquete raro y medio envuelto en pieles negras y brillosas, un paquete rectangular que le encendió el rostro, o lo que quedaba de él a aquel despótico hombre.

A partir de que recibió el paquete, sus horas de vigilia aumentaron considerablemente, y los ruidos que provenían desde el “risco del demonio” se hicieron mas espectrales y raros, al grado que a veces atraía por la mañana a los lugareños espantados, que solo hallaban las cenizas de sus hogueras y uno que otro fetiche que sin demora destruían o arrojaban al río. Por suerte, ni el me descubrió mientras le seguía, ni la policía lo alcanzó nunca, aunque después de todo, ¿qué podrían reclamarle a una descarnada sombra humana que se caía a pedazos con solo hablar, que podrían hacerle, encarcelarlo, sacarle un expediente? ja, sería divertido ver el pánico de los ebrios y malvivientes en la celda huyendo del tipo.

También me era común verlo entrando a las chozas de otros y robando efectos personales mientras estos no estaban, que luego supe, usaba en sus ritos; justo fue a partir de que comenzaron estos hurtos que las muertes se hicieron mas frecuentes, y como descubrí mas tarde, especialmente entre quienes tuvieron la mala fortuna de haber perdido algún objeto las noches de ladrón de Howard.

Fue en una de esas noches de invocación, creo en Todos los Santos, cuando comenzaron los acontecimientos que condujeron a la muerte a varios de los compañeros y la del propio Howard. Antes había habido muertes también, pero como es común en estos sitios, nadie se interesa y el incidente se limita a un entierro sencillo y unas pocas palabras de los que conocieron al muerto. No recuerdo la fecha, pero, como siempre, se vistió y llevó poco a poco sus fetiches hasta el risco en varios viajes, una vez ahí, colocó sobre una suerte de piedra de adoración todos sus instrumentos y finalmente abrió un raro tomo muy parecido al objeto que le habían enviado envuelto en las pieles, y comenzó a hacer enumeraciones y cuentas como siguiendo instrucciones del libro, al tiempo, comenzó a mezclar lentamente varias ánforas y especias en una olla, mientras a su derecha estaba clavada una espada, a la izquierda una tea ardiendo en fuego azul, enfrente un cubo con agua, y detrás un brasero con un adormecedor y fétido incienso. Terminada la mezcla, encendió una fogata como siempre, y colocó su libro en una especie de altar de piedra, luego, comenzó a recitar horribles ensalmos que habrían destrozado la garganta a un hombre normal, “Pghlya fhgutha, X-a-s-ttht, Aquel que No debe Nombrarse, bajo pena de una horripilante muerte, acepta el sacrificio de esos despojos en el valle, y cura, mis males, j’rthui fngthal r’tlhui-thar G’hyaliua V’lglhuiy Hali”; a continuación, un viento helado barrió todo el valle, la comuna y el risco, seguido de un raro rumor nocturno y una gigantesca sombra que emitía un tremendo y ensordecedor aullido, similar al de un perro y un murciélago juntos. Creí que aquella cosa iba a destrozarnos a ambos, pero en vez de ello se posó sobre el altar, y extendió una extremidad parecida a un tentáculo de pulpo hacia Howard, quien con mano trémula recogió una especie de ánfora, y un collar; luego de eso, la sombra se levantó y descendió rápidamente hasta una de las casas de la comuna, produciendo un poderoso viento que por poco me envía colina abajo. Acabado el ritual, Howard recogió sus cosas y rodó hacia el valle, y yo, solo lo seguí hasta que la sombra se hubo alejado lo suficiente.

Por la mañana, dos cosas me dieron certeza de que lo de la noche anterior no había sido un macabro sueño. Primero, uno de los compañeros mas sanos en apariencia había muerto durante la noche, su cuerpo parecía haber degenerado extrañamente, devorado rápidamente por algo muy distinto el Hansen, y segundo, Howard estaba radiante y caminaba menos jorobado que antes; mientras lavábamos la ropa, noté como sus dedos se movían con mas facilidad, y como pedazos considerables de carne muerta se desprendían, dando lugar increíblemente a la aparición de piel sana y limpia.

A partir de ahí, su condición comenzó a mejorar día con día, sus escapadas se hicieron mas frecuentes, y los extraños sonidos y aullidos que salían de la colina aumentaron su incidencia e é intensidad; aun hoy aun me atormentan mientras trato de dormir. Por otra parte, todos comenzamos a empeorar a partir de entonces, hasta los mas sanos y los que padecíamos formas mas benignas. En los tres meses siguientes, cuatro compañeros más murieron, y mi lepra que hasta entonces había cesado, comenzó a hacerse húmeda ya presentar los peores síntomas de ese mal. Las muertes se hicieron mas frecuentes también.

El estado de los cuerpos encontrados cada ¬mañana era algo deplorable, tanto que en algunos casos parecía imposible pensar que eso había sido un ser humano alguna vez, era como si algo los hubiera devorado mientras dormían, aunque ninguno había emitido grito o sonido alguno ni se había escuchado otro ruido además del natural rumor de la noche o un ronquido. Se dio aviso a las autoridades sanitarias y judiciales, pero se lavaron las manos diciendo que mientras el fenómeno no saliera de la comuna no iniciarían una investigación, pero bien sabemos que eso fue una manera cortes de dejar en claro que a nadie le importan unos miserables despojos de carne.

Recuerdo que una noche de aquellas le seguí de nuevo, como hacía cada vez que preparaba rituales y subía al risco, pero algo pareció interrumpir sus acostumbrados ensalmos, y la sombra salió disparada del lugar, eso me hizo pensar que el ser no estaba del todo bajo el control de Howard; esa noche, el encorvado velador murió también, pero no descompuesto como los otros, sino con una expresión de horror inenarrable en el deformado rostro.

Por su parte, Howard seguía delirando, y ahora gritaba de noche a Yag-Sathad, Azogh-Tha, Nyrlotuthpa, Ctha-Lu, Tyorgha y otros raros nombres, y su cuerpo continuaba desechando pedazos de carne corrompida, dando lugar a tejido sano, y, como si estuviera cambiando de piel, su carne se renovaba, adquiriendo la apariencia de una persona normal, incluso se le desprendían trozos de hueso inservibles, y hasta sus muertas falanges volvieron a crecerle mientras nosotros, e incluso la breve vegetación continuábamos decayendo poco a poco. En cierta forma su nueva condición le hacía parecer un reptil de lejos, encorvado pero jovial y repuesto, con la tersura de un bebé en su nueva piel, y la mirada de desprecio de nuevo en lo que fueron unas cuencas casi vacías por el Hansen. Si de por si estaba poniéndose mejor, su estado mejoró impresionantemente a partir de la primavera, y estuvieron a punto de dejarle ir de no ser por que los médicos del lugar se interesaron en entender su secreto, el cual nunca les reveló, y del cual nunca habría osado hablarles. Como siempre, poco a poco, llegaban más enfermos, y los anteriores morían, los que quedábamos del grupo original, cada vez éramos menos, y la sucesión de muertes se acercaba cada vez más a si morada.

Cuando finalmente la muerte visitó la choza a mi lado, me decidí a acabar con esos horribles rituales, por que no lo hice antes, no lo sé, tal vez fue miedo, o despiste, la sensación de impotencia, o tal vez el mas puro egoísmo; así pues, por la mañana lo enfrenté en la lavandería, fue una suerte que ese horrible aristócrata tuviera una lengua desbocada y un orgullo descontrolado, la cual me dio la pauta para vencerle; “- se lo que haces Howard, lo que le ha pasado a los otros ha sido culpa tuya, a mi los demás no me interesan, pero si esa cosa me toca, te juro que regreso y te mato desde donde esté –” le dije al entrar.

“- A mi no me interesas tu ni estos miserables leprosos, y me da lo mismo lo que les pase, como has de saber ya ese ser me ha devuelto la salud, pues no creas que no te he notado siguiéndome, y no soy yo quien debe tenerle miedo, mas bien tu y los otros, pues yo estoy a salvo mientras no pronuncie su nombre, pero no soy tan estúpido como para gritarle al Innombrable Hastur en medio de la noche, así que largo podrido primate, después de todo, sigues tú, te lo advertí, algún día serías mi alimento, pero, llevare alguna piedra a tu tumba, no tengas cuidado –” dijo irónico.

Con una mirada de fuego en los ojos me alejé de él, y esperé con paciencia a que llegara la Víspera de Mayo para seguirle de nuevo. Lo que pasó entonces ya lo he dicho, el ritual, el fuego, la sombra, solo que esta vez grité el nombre de aquel horror desde mi escondite en un árbol hueco, lo cual hizo saltar a la sombra del pedestal y lanzarse contra el, pues como yo preví, aquello creyó que había sido él quien lo nombró. Aun ignoro por que estaba prohibido eso.

En cuanto se dio cuenta de lo que había ocurrido, aquel oscuro sacerdote se lanzó en una loca carrera colina abajo, y se encerró en su choza. Yo por mi parte, me limité a escuchar y observar la horrenda escena con morbo infantil, casi deleitado de ver sufrir a aquel desalmado hijo de la aristocracia traicionado por sus propias mañas. No resta mucho por decir, tan solo que la sombra destruyó su puerta y entró a sorberlo con un rechinante y terrible sonido, tras el cual se ahogó el leve grito de horror de Howard Salzt.

Cuando la sombra se retiró, alzando el vuelo hacia el cielo raso, me decidí a entrar. Como había supuesto, estaba llena de aparatos, amuletos y fetiches. Revisé todos los rincones en busca del miserable catrín, hasta llegar a su cuarto, donde tras la cama reposaba, una confusa masa de mórbida apariencia, un humeante bulto negro. Sobre su pestilente tocador había una inscripción horripilante, que sugería las amistades de un oscuro inquisidor o de un alquimista maldito: “Venerado Yileli, guía mis pasos mas allá de la muerte, salva a tus fieles de la muerte, y de la ira del Gran Señor de R’lyeh, Tú, el Aullador Nocturno”. Me acerqué con cautela hasta donde se hallaba el bulto tirado, creyendo que era una excrescencia del ser, mas por sus ropas supe que en efecto, era él. Lo que le había pasado a sus tejidos ocurrido no se parecía en nada a ninguna clase de lepra o enfermedad de la que yo sepa, pues su cuerpo todo estaba convertido en una amorfa masa de miembros y ropa humeantes. Sobre sus apagados sus ojos había una especie de fino moho verde rojizo, además de una rara materia oleosa que goteaba por las paredes, y apestaba, como apestaba. Aquello era raro, como todo lo que acababa de ver, pero mi mayor sorpresa se hizo evidente cuando comprobé que aun estaba vivo, pues algo entre toda esa carne consumida aun palpitaba.

De pronto, un leve movimiento desde lo que fue su boca me advirtió que algo andaba mal, entonces comenzó un acuoso sonido, incongruente al principio, pero que se articuló poco a poco en las palabras mas horrendas que haya escuchado en mi vida “- te dije que sigues tu, ya ha sido convocado, pronto te devorará como a los demás, mejor déjame absorber te y tomar energía vital, después de todo, como ya hemos hablado, mi vida tiene mas futuro afuera que la tuya, pásame esa ánfora de allá –” dijo, dándome una orden “- rápido, se me acaba el tiempo, y se acerca tu liberación de este horrible mal –” burbujeo la grotesca voz desde aquella masa amorfa; no pudiendo menos que retroceder ante semejante petición, volví sobre mis pasos hasta hallarme lo suficientemente lejos de él como para observar lo que ocurría, y tomando su ánfora, la estrellé contar el piso; el contenido de aquello no era menos macabro, tenía ahí en un raro líquido en el que flotaban los objetos hurtados a los que habían muerto. Con respecto a Saltz, gritó al verme hacer eso, y murió de una forma que me es imposible describir, solo recuerdo una rápida desintegración orgánica, una especie catabolismo y descomposición acelerada mientras aun estaba vivo hasta que no quedo mas que polvo aun de sus huesos, como páginas de un libro antiguo consumido por polillas, yo creí que ese moho sobre sus ojos me auguraba su muerte, pero en la habitación aun se respiraba su presencia cuando entré. Fue al final aquel moho lo consumió lo por completo.

Una vez que estuve seguro de que había abandonado este mundo, me aventuré a husmear entre sus cosas en busca de aquel objeto rectangular que distinguiera a la luz de la luna. Lo hallé sin dificultad sobre su estante, y descubrí que no era otra cosa que un libro. El título que leí en aquel volumen me hizo tambalearme de espanto, ¡era el horrendo compendio del loco árabe Abdul al-Hazred!, ¡el temido Necronomicón del que oyera en la Logia antes de la enfermedad! Abrí el libro al azar, justo la que estaba señalada por un podrido separador, y leí los primeros parágrafos: “... si queréis volver a la juventud, o si una horrible mancha o úlcera os ha deformado el rostro o el cuerpo, debéis invocar a Yileli, el Aullador Nocturno, también llamado Xastur, El Que no debe Nombrarse, Hermanastro del Señor de R’lyeh, clamad a él, pactad con el y os dará su elixir , con el que volveréis a la vida y vuestra fuerza retornará, pero sabed que pagareis un precio altísimo por su ayuda, pues deberéis ofrecer la vida de otros para que la beba y a cambio os lo dé...”

Al día siguiente quemaron su cabaña, sus pertenencias y todos sus libros, incluido el horror que ya he mencionado; podría haberlo rescatado, aunque de ninguna manera me atrevería a conservarlo, aun a tocarlo o intentar curarme como el lo intentó. Respecto a el es todo lo que sé, y lo que dejaré escrito a la posteridad cuando muera; respecto a mi, espero que la lepra o aquella cosa me consuma pronto, para enterrar en mi tumba los secretos del leprosario.

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