El grandioso ensayista Alfonso Reyes

Biografía

Alfonso Reyes Ochoa nació en Monterrey, Nuevo León el 17 de mayo de 1889. Su padre de adscripción porfirista fue gobernador del mismo estado y ocupo otros cargos relevantes durante la dictadura de Porfirio Díaz. Su primera formación la tuvo en su ciudad natal para trasladarse posteriormente en su adolescencia a la Ciudad de México donde estudio en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que tiempo después sería la Facultad de Derecho. En 1909 fundó El Ateneo de la Juventud junto con otras personalidades de la letras como Antonio Caso, José Vasconcelos, entre otros. Y en 1913 se tituló como abogado. El Ateneo de la Juventud tendrá muchas implicaciones políticas e intelectuales más tarde dentro de México.

El estallido de La Revolución Mexicana fue un evento que no le sentó bien a la familia Reyes por su cercanía con el gobierno porfirista. En 1913 su padre participó en el golpe de estado contra Francisco I. Madero, posteriormente fue muerto en batalla y su hermano se unió a las filas de Victoriano Huerta.

Vida en el extranjero

Estos hechos alteraron la vida y la paz de Alfonso Reyes, por eso decidió marcharse a Europa y permanecer ahí por un tiempo prolongado. Su exilio en España duró cerca de 10 años de 1914 a 1924. En su estancia en España trabajó como periodista para sostenerse y se dedicó de lleno a las letras. Publicó varios ensayos, algunos haciendo el análisis literario de poetas españoles y mexicanos como Góngora y Sor Juana. Algunos de sus amigos le aconsejaban naturalizarse español pero Reyes no quiso perder su nacionalidad mexicana. A partir de 1924 desarrolla una vida diplomática y social en París, Buenos Aires y Río de Janeiro. En México, su país natal, la vida política estaba caminando hacia un ambiente de paz. La revolución se había calmado y la fama de Reyes en Europa llegó a México y el Estado mexicano lo incorpora al servicio diplomático.



En abril de 1939, presidió la Casa de España en México, una institución fundada por él y por Daniel Cosío Villegas y por los intelectuales españoles refugiados de la Guerra Civil Española. Fue nombrado doctor honoris causa en letras por la Universidad de Princeton, en 19508 y en 1958 fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad “La Sorbona” de Francia. Alfonso Reyes falleció en la Ciudad de México a causa de un fallo cardiaco el 27 de diciembre de 1959.

Obras

NOTA: Las Obras completas de Alfonso Reyes están conformadas por 26 tomos, editados por el Fondo de Cultura Económica entre 1955 y 1993.

Narrativa

1920: El plano oblicuo. Cuentos y diálogos
1930: El testimonio de Juan Peña
1938: La casa del grillo
1950: Verdad y mentira
1953: Árbol de pólvora
1955: Quince presencias
1955: Los tres tesoros

Teatro

1924: Ifigenia Cruel

Poesía

1922: Huellas
1926: Pausa
1931: Cinco casi sonetos
1932: Sol de Monterrey
1933: Romances del Río de enero
1934: A la memoria de Ricardo Guiralde
1934: Golfo de México
1934: Yerbas del tarahumara
1935: Minuta. Juego Poético
1935: Infancia
1936: Otra voz
1937: Cantata en la tumba de Federico García Lorca
1940: Villa de Unión
1941: Algunos poemas,
1945: Romances
1946: La vega y el soto
1948: Cortesía
1949: Homero en Cuernavaca
1951: La Iliada de Homero. Primera parte: Aquiles agraviado. Traslado de Alfonso Reyes
1952: Obra poética
1954: Nueve romances sordos
1957: Bernardo Mandeville. El panal rumoroso o la redención de los bribones. Paráfrasis libre de Alfonso Reyes
1948: Cuatro poemas en torno a Monterrey

Frases

1. El fin de la creación literaria es iluminar el corazón de todos los hombres, en los que tienen de meramente humano.
2. ¿Qué tienes alma que gritas a tu manera y sin voz? Los caminos de la vida no llevan a donde yo voy.
3. ¿Qué culpa tengo yo de tener una memoria de colodión, que lo que miro se me queda grabado?
4. El deber más santo de los que sobreviven es honrar la memoria de los desaparecidos.
5. El libro enriquece igualmente la soledad y la compañía... La vida muere, los libros permanecen.
6. ¡Qué natural lo que se acaba cuando ya se apaga por sí! Voy con la razón satisfecha, dormido, contento feliz.
7. No me vendas rencor en almíbar, si he de hallar acíbar en el corazón.
8. Quiero que la literatura sea una cabal explicitación, y, por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras. ¿No dijo Goethe: Todas mis obras son fragmentos de una confesión general?
9. Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes: ¿hay mayor piedad? Hay que interesarse por los recuerdos, harina que da nuestro molino.
10. Conservo retratos de mis tres, de mis seis meses, me parece que ésos son mis verdaderos retratos y lo demás es decadencia.
11. ¿La emoción? Pídela al número que mueve y gobierna al mundo. Templa el sagrado instrumento más allá del sentimiento. Deja al sordo, deja al mudo, al solícito y al rudo. Nada temas, al contrario, si en el rayo de una estrella logras calcinar la huella de tu sueño solitario.
12. Todas las religiones contienen también un cuerpo de preceptos morales, que coinciden en lo esencial.
13. El hogar es la primera escuela. Si los padres, que son nuestros primeros y nuestros constantes maestros, se portan indignamente a nuestros ojos, faltan a su deber; pues nos dan malos ejemplos, lejos de educarnos como les corresponde.
14. La paz es el sumo ideal moral. Pero la paz, como la democracia, sólo puede dar todos sus frutos donde todos la respetan y aman.
15. El respeto a la patria va acompañado de ese sentimiento que todos llevamos en nuestros corazones y se llama patriotismo: amor a nuestro país, deseo de mejorarlo, confianza en sus futuros destinos.

Algunos poemas de Alfonso Reyes

Sol de Monterrrey

No cabe duda: de niño,
me perseguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)
Todo el cielo era de añil,
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuanto pesa el sol!
¡Oh cuanto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo no me conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.—
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

Epitafio de un poeta

Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras
y recordar
su mentirosa vida de verdades.

La llama funesta

I
Si te dicen que voy envejeciendo
porque me da fatiga la lectura
o me cansa la pluma, o tengo hartura
de las filosofías que no entiendo;
si otro juzga que cobro el dividendo
del tesoro invertido, y asegura
que vivo de mi propia sinecura
y sólo de mis hábitos dependo,
cítalos a la nueva primavera
que ha de traer retoños, de manera
que a los frutos de ayer pongan olvido;
pero si sabes que cerré los ojos
al desafío de unos labios rojos,
entonces puedes darme por perdido.

II
Sin olvidar un punto la paciencia
y la resignación del hortelano,
a cada hora doy la diligencia
que pide mi comercio cotidiano.
Como nunca sentí la diferencia
de lo que pierdo ni de lo que gano,
siembro sin flojedad ni vehemencia
en el surco trazado por mi mano.
Mientras llega la hora señalada,
el brote guardo, cuido del injerto,
el tallo alzo de la flor amada,
arranco la cizaña de mi huerto,
y cuando suelte el puño del azada
sin preguntarlo me daréis por muerto.

El Llanto

Al declinar la tarde, se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
pero sigue cayendo la gota de pesar.
No sabemos de donde viene la vocecita;
registramos la granja, el establo, el pajar.
El campo en la tibieza del blando sol dormita,
pero la vocecita no deja de llorar.
—¡La noria que chirría!— dicen los más agudos—
Pero ¡si aquí no hay norias! ¡Que cosa tan singular!
Se contemplan atónitos, se van quedando mudos
porque la vocecita no deja de llorar.
Ya es franca desazón lo que antes era risa
y se adueña de todos un vago malestar,
y todos se despiden y se escapan de prisa,
porque la vocecita no deja de llorar.
Cuando llega la noche, ya el cielo es un sollozo
y hasta finge un sollozo la leña del hogar.
A solas, sin hablarnos, lloramos un embozo,
pero la vocecita no deja de llorar.

Apenas

A veces, hecho de nada,
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.
Como somos la delgada
disolución de un secreto,
a poco que cede el alma
desborda la fuente de un sueño.
¡Mísera cosa la vaga
razón cuando, en el silencio,
una como resolana
me baja, de tu recuerdo!

Ausencias

De los amigos que yo más quería
y en breve trecho me han abandonado,
se deslizan las sombras a mi lado,
escaso alivio a mi melancolía.
Se confunden sus voces con la mía
y me veo suspenso y desvelado
en el empeño de cruzar el vado
que me separa de su compañía.
Cedo a la invitación embriagadora,
y discurro que el tiempo se convierte
y acendra un infinito cada hora.
Y desbordo los límites, de suerte
que mi sentir la inmensidad explora
y me familiarizo con la muerte.

Arte poética

1
asustadiza gracia del poema:
flor temerosa, recatada en llema.

2
Y se cierra, como la sensitiva,
si la llega a tocar la mano viva.

3
Mano mejor que la mano de Orfeo,
mano que la presumo y no la creo,

4
para traer la Eurídice dormida
hasta la superficie de la vida.

Consejo poético

La cifra propongo; y ya
casi tengo el artificio,
cuando se abre el precipicio
de la palabra vulgar.
Las sirtes del bien y el mal,
la torpe melancolía,
toda la guardarropía
de la vida personal,
aléjalas, si procuras
atrapar las formas puras.
¿La emoción? pídela al número
que mueve y gobierna al mundo.
Templa el sagrado instrumento
más allá del sentimiento.
Deja al sordo, deja al mudo,
al solícito y al rudo.
Nada temas, al contrario,
si en el rayo de una estrella
logras calcinar la huella
de tu sueño solitario.

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